En Argentina, si un presidente tomara decisiones solo, sin consultarlas, sin que esté de acuerdo todo su gabinete y a pesar de que la gente que lo siga votara en contra, estaríamos hablando de modos autoritarios y falta de diálogo; si un presidente, con el argumento de ser en beneficio del pueblo, decidiera hacer bandera su deporte nacional estaríamos hablando de demagogia y ánimos de crispación; y ni que hablar si un presidente utilizara la copa del mundo para dar un mensaje de “acá está todo bien, olvidamos las peleas del pasado”.
Pero sorprendentemente en el cine esto no ocurre, y menos si se trata de un presidente copado. Entonces le perdonamos todo, si el chabón es bueno. Si ese tipo condujo a la señora Daisy y resolvió el asesinato de los 7 pecados. ¡Además es Dios! Así que lo perdonamos y perdonamos a Clint.
Entonces, si pasamos la primera etapa, y perdonamos a nuestro personaje, tendremos que prepararnos para la emoción, deberemos de emocionarnos. Pero sucede que Clint Eastwood sospecha que no será tarea fácil. Con Mandela supongamos que si, pero ¿emocionarse con el Rugby? ¿Emocionarse con que los blancos terminen “aceptando” a los negros? ¿Emocionarse con Matt Damon? Convengamos que es un problemilla.
Así, el director, lo resuelve con una cámara lenta interminable. Todos en cámara lenta: el presidente festeja, los guardias del presidente festejan, los jugadores festejan, el publico festeja; todos, todos en cámara lenta como si Clint Eastwood nos amenazara diciendo: “van a llorar, van a llorar, les aseguro que van a llorar”. Y lo cierto es que es bastante improbable que se nos caiga alguna lágrima. Tanto sabe que es complicado que recurre al insaciable plano de policías blancos, devenidos a buenos, levantando en andas al negrito, detractor del rugby, venido en amante.
La subtrama de la particular historia de los custodios del presidente, donde se narra más especial y concretamente la situación que se vivía en esos días, es de lo más interesante de la película.
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